Mil palabras
Hay una parte de mi cama que no duerme. No es una huelga declarada, es más bien un paro espontáneo, tan cardíaco como un infarto, porque le sale del corazón y de los muelles. Así que para combatir su insomnio hace pasar las noches junto a mí un rebaño de ovejitas. Que al principio, cuando se cierran las cortinas de la vía láctea, me ayudan a dormir, que a la mitad me despiertan y entretienen con sus sueños de oveja que quiere ser androide, que más bien llegando al final ocupan mi lado en busca de hierba fresca. Hay una parte de la cama que no duerme, y a mí la mañana me encuentra en el suelo día sí día también.
Que del suelo, por cierto, sólo queda la mitad. Pero no porque esté cortado con sierra ni nada similar. Está cercenado de tal manera que no me pueda librar del ajedrez matutino y que de cada dos pasos en uno deje de hacer pie y me convierta en submarinista sin remedio hasta el piso de abajo. El tiempo que no estoy cayendo, me duelen los pulmones de tanta apnea, y siempre tardo unas cuantas caídas en llegar de vuelta a mi baño, dependiendo de las legañas que me hayan dejado sin lamer las ovejas.
Allí hay una parte del espejo que no espeja. Hay una mitad que no me devuelve, y que ni siquiera me da las gracias por tragarme. Hay una parte del espejo que es puerta que no espera que vuelva cuando salgo por ella, así que trato de vestirme en la otra, pero irremisiblemente termino saliéndome de cuadro antes de tiempo y todos los días me alcanza la calle sin una manga, sin una pernera y con el ventrículo izquierdo lleno de coincidencias. Por eso no es extraño ver que me vomita el portal mientras estoy marcando el teléfono rojo de las urgencias.
Del frío, qué se yo, del frío o del contacto directo al colgar con las partículas más industriales de este aire de megalópolis, tengo una parte del cuerpo que me sigue a destiempo. Se rezaga, la pierdo, la encuentro mucho más atrás que mi sombra. Se abalanza sobre las cabinas de teléfonos y sobre las marquesinas, y se abalanza desesperadamente sobre los transportes públicos interurbanos y las líneas de medio recorrido. Más de una vez he tenido que decir siga a ese taxi porque no quería perderla, y me he quedado con la carrera a medias con la cartera en el bolsillo de la mitad desertora. Con suerte sólo habré salido con uno o dos de esos billetes cortados que no hago más que encontrarme y mi contraparte vuelve llorando con un pie entero tatuado a impacto en media nalga.
Termino llegando a mi trabajo sólo un día de cada dos, pero tampoco importa tanto. Tengo un empleo de media jornada, que no logro terminar ni en una jornada completa, como corrector de las páginas derechas del cincuenta por ciento de los libros de una editorial de tamaño medio. Leo con monóculo, que alterno en función de la parte de la cabeza que me funcione en cada momento. La ventaja de tener un cerebro hemisférico es que demediado me queda medio cerebro completo. Hay días en los que puedo correr como Forest Gump, tan tonto y a la vez tan rápido, y hay días en los que me abordan inmóvil todos los sinónimos de un tertuliano de la radio, pero las dos cosas no suelen ocurrir al tiempo, o he perdido por el camino la memoria para recordarlo. Es curioso ver cómo digo tres a mi médico cuando me pide treinta y tres, cero si la mitad de ocho, que también es la mitad de infinito. Es curioso cómo le describo perfectamente que el traumatismo en la rodilla derecha no me importa, que si sólo tiene tiempo de coserme la lengua geográfica para que no se separe bastará para ese día concreto. Que sólo necesito llamar al número de uno de los dos amigos que recuerdo y que me lleve de vuelta a casa con la esperanza de no haber perdido ya la llave del portal o del apartamento o de la caja fuerte.
Desayuno, como y ceno medias raciones, y aún así nunca me lleno, sólo lleno la parte estomacal que tenga operativa. Por ende, las funciones corporales se ven reducidas a días alternos, y hasta ahí puedo leer si no quiero que esto se convierta en un concurso de escatología. Los platos son coladores y los coladores cazamoscas y los cazamoscas son condones por los que se escapa toda mi descendencia. Aprendí hace poco el significado de la palabra monórquido y salí corriendo hacia el baño con una sospecha terrible. Todavía sigo sin entender por qué en eso estoy completo.
Cuando me acuesto cada noche con una media luna perfecta no lo pienso, la verdad. Repaso las fotografías de la pared antes de las ovejas: tú en tu lado de la cama, y la hierba perfectamente cortada, tus pies haciendo pie de puntillas sobre una baldosa, tan descalzos como rojos, la parte del espejo en la que me declaraste tu amor en post-it y barra de labios. También está el billete con el que viajamos a una ciudad de dos mil, aunque tú vivas a doscientos, y las radiografías de los órganos vitales que no hacen más que seguirte por todos los medios que fuimos quemando con nuestras combustiones nocturnas. También está la media tableta de chocolate y una corbata que mide la mitad que mi pecho pero que guarda la llave de tu armario completo.
Por eso dos palabras hoy son sólo la mitad de lo que te quiero (decir). Te enviaré una imagen que valga el doble, y lo signifique también. Que no tiene que ser lo mismo que tú estés pensando, porque como te podrás imaginar, con que sientas la mitad tendré de sobra para llegar hasta mañana medio dormido, medio soñando...
Que del suelo, por cierto, sólo queda la mitad. Pero no porque esté cortado con sierra ni nada similar. Está cercenado de tal manera que no me pueda librar del ajedrez matutino y que de cada dos pasos en uno deje de hacer pie y me convierta en submarinista sin remedio hasta el piso de abajo. El tiempo que no estoy cayendo, me duelen los pulmones de tanta apnea, y siempre tardo unas cuantas caídas en llegar de vuelta a mi baño, dependiendo de las legañas que me hayan dejado sin lamer las ovejas.
Allí hay una parte del espejo que no espeja. Hay una mitad que no me devuelve, y que ni siquiera me da las gracias por tragarme. Hay una parte del espejo que es puerta que no espera que vuelva cuando salgo por ella, así que trato de vestirme en la otra, pero irremisiblemente termino saliéndome de cuadro antes de tiempo y todos los días me alcanza la calle sin una manga, sin una pernera y con el ventrículo izquierdo lleno de coincidencias. Por eso no es extraño ver que me vomita el portal mientras estoy marcando el teléfono rojo de las urgencias.
Del frío, qué se yo, del frío o del contacto directo al colgar con las partículas más industriales de este aire de megalópolis, tengo una parte del cuerpo que me sigue a destiempo. Se rezaga, la pierdo, la encuentro mucho más atrás que mi sombra. Se abalanza sobre las cabinas de teléfonos y sobre las marquesinas, y se abalanza desesperadamente sobre los transportes públicos interurbanos y las líneas de medio recorrido. Más de una vez he tenido que decir siga a ese taxi porque no quería perderla, y me he quedado con la carrera a medias con la cartera en el bolsillo de la mitad desertora. Con suerte sólo habré salido con uno o dos de esos billetes cortados que no hago más que encontrarme y mi contraparte vuelve llorando con un pie entero tatuado a impacto en media nalga.
Termino llegando a mi trabajo sólo un día de cada dos, pero tampoco importa tanto. Tengo un empleo de media jornada, que no logro terminar ni en una jornada completa, como corrector de las páginas derechas del cincuenta por ciento de los libros de una editorial de tamaño medio. Leo con monóculo, que alterno en función de la parte de la cabeza que me funcione en cada momento. La ventaja de tener un cerebro hemisférico es que demediado me queda medio cerebro completo. Hay días en los que puedo correr como Forest Gump, tan tonto y a la vez tan rápido, y hay días en los que me abordan inmóvil todos los sinónimos de un tertuliano de la radio, pero las dos cosas no suelen ocurrir al tiempo, o he perdido por el camino la memoria para recordarlo. Es curioso ver cómo digo tres a mi médico cuando me pide treinta y tres, cero si la mitad de ocho, que también es la mitad de infinito. Es curioso cómo le describo perfectamente que el traumatismo en la rodilla derecha no me importa, que si sólo tiene tiempo de coserme la lengua geográfica para que no se separe bastará para ese día concreto. Que sólo necesito llamar al número de uno de los dos amigos que recuerdo y que me lleve de vuelta a casa con la esperanza de no haber perdido ya la llave del portal o del apartamento o de la caja fuerte.
Desayuno, como y ceno medias raciones, y aún así nunca me lleno, sólo lleno la parte estomacal que tenga operativa. Por ende, las funciones corporales se ven reducidas a días alternos, y hasta ahí puedo leer si no quiero que esto se convierta en un concurso de escatología. Los platos son coladores y los coladores cazamoscas y los cazamoscas son condones por los que se escapa toda mi descendencia. Aprendí hace poco el significado de la palabra monórquido y salí corriendo hacia el baño con una sospecha terrible. Todavía sigo sin entender por qué en eso estoy completo.
Cuando me acuesto cada noche con una media luna perfecta no lo pienso, la verdad. Repaso las fotografías de la pared antes de las ovejas: tú en tu lado de la cama, y la hierba perfectamente cortada, tus pies haciendo pie de puntillas sobre una baldosa, tan descalzos como rojos, la parte del espejo en la que me declaraste tu amor en post-it y barra de labios. También está el billete con el que viajamos a una ciudad de dos mil, aunque tú vivas a doscientos, y las radiografías de los órganos vitales que no hacen más que seguirte por todos los medios que fuimos quemando con nuestras combustiones nocturnas. También está la media tableta de chocolate y una corbata que mide la mitad que mi pecho pero que guarda la llave de tu armario completo.
Por eso dos palabras hoy son sólo la mitad de lo que te quiero (decir). Te enviaré una imagen que valga el doble, y lo signifique también. Que no tiene que ser lo mismo que tú estés pensando, porque como te podrás imaginar, con que sientas la mitad tendré de sobra para llegar hasta mañana medio dormido, medio soñando...
Comentarios
Me pareció encontrar un pequeño homenje a la novela de Dick, "Do Androids Dream of Electric Sheep?".
Besos
Pero a veces una llega y lee mil palabras que parecen millones de millones de palabras.
Paladea cada una de ellas en la mitad idiota de su cerebro y sonríe feliz de haber invertido tiempo en leer esta maravilla!
jodida distancia...